viernes, 22 de noviembre de 2013

Aventuras (y desventuras) de mi primer viaje en pareja - PARTE 2

El callejón


En una esquina que llevaba a un estrecho callejón mi novio dijo "¡por aquí!" y lo cierto es que quedé un poco
extrañada. Era un oscuro callejón que daba bastante mal rollo, la verdad. Aún así, me decidí a cruzarlo y tras él, se alzaba una pequeña casita en la que ponía "Venecia". Era la pensión que habíamos elegido. Nada más entrar, la dueña, una amable señora rubia con acento extranjero, nos invitó a un té pero, como acabábamos de desayunar, le dimos las gracias y le dijimos que no. Era un lugar pequeñito, lleno de plantas y aroma a incienso.
Se notaba que era una antigua casa que habían remodelado y convertido en pensión. La señora nos guió escaleras arriba y nos llevó a nuestra habitación. Era pequeña y los baños eran compartidos con el resto de habitaciones pero a nosotros nos pareció perfecta. Era la primera vez que yo me alojaba en una pensión u hostal sin mis padres. Esa sensación de vivir algo por primera vez es indescriptible.

Tras dejar las maletas y hacer el check-in, salimos de allí para empezar a hacer turismo. Mi novio ya había estado antes por allí y me dijo que debíamos visitar el Paseo de los Tristes, así que, hacía allí nos dirijimos. Conforme nos acercábamos, más gente y más puestos artesanales nos íbamos encontrando. Se mezclaban tantos idiomas en mis oídos que no podía distinguir unos de otros. Empezamos a encontrar decenas de puestos "hippies": collares, pulseras, retratos...De todo lo imaginable. Uno de ellos nos vio y nos dijo "¡Hey! ¿Queréis un retrato a lo Tim Burton?¿Heavy Metal?" Fue algo que nos hizo mucha gracia. Supongo que fue porque ambos íbamos vestidos de negro y nos vio pinta de "alternativos". A la mayoría de estos puestos los acompañaba un perro o dos. Lo cierto es que vimos cantidad de animales, sobretodo gatos. Bajo un puente, por el que bajaba un pequeño río, llegamos a ver al menos 5 felinos tomando el sol en la orilla. Y detrás de las rejas de una gran puerta, otro gato negro observaba a los turistas. No pude evitar fotografiar a cada gato que veía.

El patio de los baños


Por el camino al Paseo de los Tristes, mi novio vio un grupo de turistas ingleses que entraban a una casa y nos escabullimos entre ellos. Resultaron ser unos antiguos baños árabes. En la entrada, había un patio con una pequeña alberca y un muro cubierto de plantas de tonos rojizos. El suelo era un mosaico realizado con piedras de distintos colores que dibujaban formas florares.  Desde aquel patio, por una pequeña puerta, se entraban a los baños, grandes habitaciones repletas de columnas y arcos. El guía iba narrando en inglés lo que allí se solía hacer y habló de mujeres que bailaban mientras los hombres disfrutaban de un cálido remojón. Fue divertido infiltrarnos entre un grupo de turistas ingleses y hacer como que formábamos parte de ellos.




Por fin llegamos al Paseo, repleto de puestos y bares. Si mirabas al cielo desde allí, ya podías ver la Alhambra. Pero nuestra visita no empezaba hasta las 2 así que decidimos seguir de paseo por el lugar. Mi novio me habló de la tumba de los Reyes Católicos y decidimos ir en su busca. Pero entonces, por uno de los lugares más transitados, una gitana me paró y me ofreció una ramita de romero. "Gratis para ti", me dijo. Y yo, en mi inocencia e ignorancia, la cogí. Inmediatamente después de hacerlo, la gitana me cogió ambas manos y empezó a recitar un montón de palabrejas de carrerilla. Yo estaba un poco en estado de shock porque no sabía qué demonios estaba pasando. Me dijo que iba a realizar muchos viajes, iba a ser madre de un varón y que, si jugaba a lotería, debía apostar por números acabados en cinco. Yo seguía en shock. Y, cómo no, después de su retahíla, vino la famosa y odiada frase: "Y ahora, la voluntad".  Yo le dije que no llevaba suelto para darle y ella me dijo que no importaba, que ella me daba cambio. Obviamente, por mí no le habría dado un duro pero claro, me vi envuelta en aquella situación y, ¿cómo iba a irme sin darle nada?. Entonces, en un acto de estupidez suprema, abrí mi bolso para buscar algunas monedas y la gitana, sin pensarlo dos veces, cogió el único billete de 10 euros que tenía, con lo que tenía pensado comer. Le dije que era el único dinero que tenía y ella me dijo que si le daba monedas me traería mala suerte. En aquel momento me vinieron a la boca todos los insultos imaginables pero...al final se quedó con mis 10 euros y yo con su maldita ramita de romero. Obviamente, mi novio llevaba dinero suficiente para comer pero esperaba pagar yo algo con aquel billetito. Una vez nos hubimos alejado de allí, empecé a soltar todos los insultos que me habían venido con anterioridad a la mente. El cabreo fue descomunal. Sí, me cabreé, pero no con la gitana sino con lo inocente y estúpida que había sido. Lo cierto es que el que pagó el cabreo fue el pobre de mi novio.

Una vez me hube relajado un poquito nos dirigimos hacia un bar que una señora de la calle nos había recomendado. Eran un euro y pico caña más tapa así que decidimos probar. Estaba en otro estrechísimo callejón. Pedimos y nos sorprendimos al ver las "cañas". Eran cervezas servidas en vasos no mucho más grandes que los vasos de chupito.¡Con razón era tan barato! Y la tapa resultaron ser patatas (frías) con ali-olí. Nos tomamos una y salimos zumbando de allí. Después de ver decenas y decenas de bares nos dijimos "más vale malo conocido que bueno por conocer" así que pusimos rumbo al Burger King. Tras un ratito de cola pudimos comer. Comida rápida, sí, pero bien rica que estaba.

El riachuelo de la Cuesta del Rey Chico
Una vez llena la barriga, era hora de subir a la Alhambra. Podíamos haber subido por un camino más sencillo, pero mi novio decidió que sería más "divertido" subir por la Cuesta del Rey Chico. ¡Menuda idea! Desde luego, las hamburguesas de la comida las quemamos en aquella subida. En el trayecto, nos encontramos a mucha gente bajando, pero a nadie subiendo. Era comprensible. Esperaba con ansía que en mitad del camino hubiese alguna fuente o lugar para descansar...pero no. Lo único que encontramos fue un pequeño riachuelo que bajaba desde uno de los edificios de la propia Alhambra.

Yop y pececillos en una alberca
Tras un largo camino hacia arriba, al fin llegamos a la entrada. Llegué un poco (bastante) extasiada y deseaba una fuente de agua con todo mi ser. Nada más entrar, allí estaba: ¡una brillante y hermosa fuente! ¡Qué rica está el agua cuando estás sediento! Una vez nos hicimos con un mapa, pusimos rumbo a la Alcazaba. No llevábamos guía ni nada así que ibamos un poco a lo loco. Pero solo con caminar unos pasos, ya pude ver los hermosos jardines que tanto había imaginado mientras leía el libro de Washington Irving. Flores por todas partes, de distintas formas y colores; hermosas albercas con nenúfares y peces; y restos claros de lo que en algún momento fueron los cimientos de las casas de los árabes que allí habitaron. Lo cierto es que podría pasarme horas describiendo lo hermoso de todo aquello pero intentaré resumirlo lo máximo posible.

Tras dar una vuelta por los jardines, nos dirijimos a las torres de la Alcazaba. Para llegar a la cima, tuvimos que subir varios tramos de escaleras estrechos y con escalones altísimos. La subida por la Cuesta del Rey Chico no era nada en comparación con estas escaleras. Eso sí, mereció la pena. Desde allí arriba podías ver toda la ciudad. Me acordé bastante de mi madre, la verdad, porque con el vértigo que tiene le habría dado algo al mirar desde aquellas torres. Daba incluso algo de miedete apoyarse en el muro para echarse una foto (apréciese en nuestras caras):


Una vez vistas las torres y jardines de la Alcazaba, nos dirigimos hacia el Generalife. Personalmente, fue lo que más me gustó. Todo estaba lleno de circuitos de agua, de plantas, de árboles seguramente centenarios,  y como no, de gatos. En uno de los jardines del Generalife nos encontramos con un grupo de turistas japoneses. La mayoría llevaban una especie de móvil extraño que les iba narrando en su idioma lo que iban viendo. Poco después nos dimos cuenta de que la mayoría de gente llevaba uno y me quedé con las ganas de preguntar donde se conseguían y si había que pagar algo por ellos. Una de las cosas que más me gustó fue la Escalera del Agua. A ambos lado de ella, había unos muros que llevaban agua corriente. Aquello me encantó. Sin apenas darnos cuenta, eran ya casi las seis de la tarde y debíamos llegar a la pensión, cambiarnos de ropa y ponernos en contacto con Carlos para que nos diese las entradas del "roqui". Lo cierto es que con el éxtasis de la Alhambra olvidamos un poco el tema de las entradas y cuando me di cuenta, me empecé a preocupar un poquito. 

Volvimos a la pensión, hechos polvo de tanto caminar y lo primero que hicimos fue tirarnos en la cama a descansar un poquito. Me dolían bastante los pies y pensar que tendría que ponerme tacones para el roqui me daba un poco de miedo..."¡Un momento!¡El roqui! ¡Carlos!". Debíamos llamarle para quedar con él y que nos diese las entradas porque, obviamente, él debía estar en el cine con antelación para maquillarse y vestirse. Se lo dije a mi novio pero como estábamos tan cansados me dijo que esperase un poquito y nos relajásemos. Cuando ya eran las 7, se lo volví a decir y esta vez me dejó su móvil para ponerme en contacto con Carlos. Le envié un sms e inmediatamente después me llamó. "¡Contento me tienes! ¡Por poco le vendo las entradas a un amigo!" Un yunque calló sobre mi cabeza. Mi cara en aquel momento debió ser algo así:

¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOO!

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