lunes, 24 de febrero de 2014

Vida y muerte de Lilium Tristesse-Parte 1

Tristesse. Ese era mi apellido. Supongo que, al fin y al cabo, con ese apellido mi vida no iba a ser un camino de rosas. Lo heredé de mi padre, Andrée, un jurista de ciudad retirado a un pequeño pueblo en el campo. A pesar de tener ese apellido, mi padre nunca parecía estar triste. Ni siquiera cuando llegaba el 28 de Mayo, mi cumpleaños y aniversario de la muerte de mi madre. Sí, murió al darme a luz. Pero aun así, mi padre celebraba con alegría el día y me cubría de regalos: muñecas de blanca porcelana y finos vestidos, zapatos traídos de París por un amigo comerciante, bellas telas para hacer mis propios diseños…Porque una de las pocas cosas que siempre me gustó fue diseñar y coser ropa.

Encajes, bordados,  flecos…aquello me apasionaba. Sobretodo me encantaban las telas estampadas de hermosas flores de distintos colores. Me encantaba diseñar y coser con ellas…pero no vestirlas. Conmigo era distinto. Yo jamás me pondría alguno de aquellos vestidos repletos de rosas y orquídeas. No me sentiría cómoda, por más bonito que fuese. Lo mío era el negro. Aquella ausencia de color me relajaba. Además, hacía juego con mi larga y negra melena, lo único que me gustaba de mí. Es por ello que la cuidaba y cepillaba cada día y, si alguna vez pedía algo a mi padre, solían ser aquellas cremas hidratantes de las que Lucrezia me hablaba. Ella era mi única amiga.

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Vivíamos en mitad del campo, y sólo éramos unos pocos vecinos (y los respectivos miembros del servicio de cada familia) por lo que las niñas de las casas nos reuníamos en la mansión de la institutriz Madame Lefebvre. Yo estaba acostumbrada a ser objeto de burla del resto de chicas. Quizás por mi forma de vestir,  porque sentían envidia de los halagos de Madame en cuanto a mis dotes de costura o simplemente porque la simpatía nunca fue mi fuerte. De hecho, las clases de protocolo eran en las que Madame me dedicaba más regañinas. Sin embargo, un día una niña nueva que se había mudado a la antigua casa de los Barraud llegó a las clases de Lefebvre . Tenía una larga y rizada cabellera dorada y llevaba un vestido de los que a mí me gustaba diseñar: lleno de encajes blancos y de tela estampada con hermosas flores de color rosa. Nada más llegar, se colocó de pie al lado de Madame y procedió a presentarse:
-Buenas tardes, señoritas. Me llamo Lucrezia Florit y acabo de mudarme aquí con mis padres, Monsieur Auguste Florit y Mademosielle Julienne Florit; y mis 2 hermanas, Ruth y Sérène. Espero que seamos amigas.
Tras una reverencia educada a Madame, se dirigió hacia mí, sentándose a mi lado, el lado más alejado de las demás chicas y de la mesa de Madame. No entendí muy bien por qué. Cuando se hubo colocado el largo vestido en la silla, se dirigió hacia mí en voz baja y preguntó mi nombre.
-Eh…¿cómo te llamas?-dijo mientras Madame rebuscaba algo entre sus libros.
-Em…Lilium.-dije algo confundida.
-Oh, ¡qué bonito! Seguro que las demás tienen nombres simples como Marie o Anne. Parece que he hecho bien al sentarme a tu lado.
Así empezó nuestra amistad. Lucrezia resultó ser la más curiosa criatura que había conocido jamás. Ante Madame, era la niña más educada de todas, pero a sus espaldas, se burlaba de lo “repipis” que eran las demás e incluso se atrevía a hacerles gestos maleducados como sacarles la lengua. Aunque parecía una niña dulce y recatada, era traviesa y aventurera, y disfrutaba llenando de barro aquellos vestidos que a mi tanto me encantaban, lo cual me sacaba de quicio. Nos volvimos inseparables. Por primera vez, me relacionaba con algo más que agujas e hilos y, al fin, salía de casa. A mi padre aquello le agradó sobremanera y se sintió muy agradecido con Lucrezia porque, aunque él no lo mostraba, sé que le entristecía mi solitaria forma de ser.  

Lucrezia me contaba cosas de París y de las tiendas de moda de allí. Me hablaba de perfumerías con aromas que te transportaban a lugares exóticos y desconocidos; damas con sombreros, tocados y pelucas de suaves colores…Aquello me parecía como un mundo de ensueño. Aun así, prefería que siguiese siendo un sueño ya que yo disfrutaba más de mi realidad. Casi todas las tardes, tras las clases de Madame, salíamos a pasear por el prado (bueno, yo paseaba; Lucrezia, brincaba). Yo empezaba a gritarle que tuviese cuidado de no ensuciarse el vestido aunque casi siempre acababa con los bajos de la falda embarrados. A veces, ella venía a mi casa, yo le daba a escoger una de mis telas, y empezaba a confeccionarle vestidos. Algunos días, yo visitaba la casa de Lucrezia y tomábamos el té con sus hermanas y su madre. Ellas eran damas auténticas pero ante su familia Lucrezia no ocultaba su verdadero ser. Su madre le reñía continuamente por la forma de sentarse, de comer o de coger la taza de té, pero no eran regañinas serias, sino que después de cada riña, venían unas risas de cada una de nosotras.


Aquellos fueron los tiempos en que empecé a reír. Lo cierto es que era una sensación que jamás había experimentado antes. Siempre fui una niña seria y educada. Hacía lo que me mandaban y jamás replicaba. Lo máximo que llegué a hacer fue sonreír con mi padre, que siempre hacía unos esfuerzos tremendos por sacarme una carcajada. Él me quería. Era lo único que le quedaba. Y la culpa era mía. Sí, yo me odiaba. Me odiaba por haberle arrebatado la vida a mi madre, por haber dejado solo a mi padre. Pero era por él, que intentaba ser feliz y vivir. 


CONTINUARÁ...